Cap. I
A las 10 de la noche la oscuridad ya cubre completamente Avenida Alameda en un día normal en Santiago, la ciudad donde nací y donde siempre viví. Pero eso no aleja a la gente. Hay vendedores ambulantes, ladrones, drogadictos, predicadores, locos y familias completas que observan pequeños espectáculos de artistas callejeros; Todo esto aunque las tiendas y centros comerciales están completamente cerrados.
Aun así, también hay soledad y decadencia de un pueblo que a veces vive triste e intenta ahogar su soledad en la soledad de los otros.
La verdad es que difrutaba de todo este espectáculo nocturno; me gusta caminar por estas calles y mirar a la gente.
En paseo Ahumada todos se reunen en torno a núcleos de calor y vida. Todos parecían disfrutar con lo poco que quedaba del domingo por la noche tanto como yo disfrutaba mirándolos a ellos.
Es cierto, tenía algo de miedo. Miedo a que me robaran, miedo a volver a mi casa y sentirme vacía nuevamente. Pero también, a ratos, me agradaba ver que había gente que también caminaba sola. Siempre me pregunté qué andarían buscando, qué sentirían.
El tiempo avanzaba y mi aburrimiento comenzaba. Yo solía frecuentar un bar que queda junto al Museo de Bellas Artes. ¿Por qué una mujer sola y aburrida como yo no podría ir?. Despúes de todo, no quedaba lejos de donde yo me encontraba.
Es cierto, tenía algo de miedo. Miedo a que me robaran, miedo a volver a mi casa y sentirme vacía nuevamente. Pero también, a ratos, me agradaba ver que había gente que también caminaba sola. Siempre me pregunté qué andarían buscando, qué sentirían.
El tiempo avanzaba y mi aburrimiento comenzaba. Yo solía frecuentar un bar que queda junto al Museo de Bellas Artes. ¿Por qué una mujer sola y aburrida como yo no podría ir?. Despúes de todo, no quedaba lejos de donde yo me encontraba.
Una mujer delgada y atlética me llevó la carta. Debe ser vergonzoso decirlo, pero en esos tiempos solía ver los precios antes de decidir qué tomaría.
Tal vez un martini sería bueno para una joven y estúpida como yo que transitaba sola un domingo por la noche. Pero, espera Antonia, me dije a mí misma, y revisé al instante mi billetera que a penas conservaba un poco de dinero dentro; Había gastado todos mis ahorros en comprar un violín.
Me falta un poco para el Martini. Dije en voz baja. Tiene que quedar algo en mis bolsillos...
- Que sean dos Martinis -
La impresión y la verguenza me embargaban. Un tipo extraño había escuchado mis estupidas y miserables palabras.
La impresión y la verguenza me embargaban. Un tipo extraño había escuchado mis estupidas y miserables palabras.
Como la mesera se fue, debía resignarme.
Él estaba sentado en la mesa de al lado y no me dirigía la palabra. Me sentí muy incómoda y le expliqué que no podía pagar el trago.
Él estaba sentado en la mesa de al lado y no me dirigía la palabra. Me sentí muy incómoda y le expliqué que no podía pagar el trago.
- No te estoy pidiendo que lo pagues - Me respondió de una forma poco cortés.
- Gracias - Fue lo único que le dije en tono irónico y despectivo. Y mi timidéz mi impidió decir algo más.
Me daba verguenza mirar hacia el lado, así es que no tenía una imágen completa del extraño personaje que acababa de "conocer", pero sí me di cuenta de que llevaba una chaqueta negra delgada y larga. También pude notar que tenía facciones suaves y acabadas y el pelo largo y ondulado hasta los hombros.

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