Cap III
Una vez alguien me dijo que en el mundo hay dos clases de personas: unas fuertes, que no caen en depresiones y no se sienten vacíos. Son esos que tienen su vida establecida, que no se preguntan cosas mayormente, o que creen estupido hacerlo. No dejan de tener problemas, pero los superan facilmente y tal vez sienten que tienen que seguir sus vidas como siempre lo han hecho los otros seres humanos.Y hay otras personas débiles, que deben soñar para sanar las heridas que dejan las cosas inevitables, que nunca se confoman...
Creo que yo pertenecía al segundo grupo.
Mi imaginación fantaseaba con miles de quimeras que tal vez marcaban mi niñéz pero, es cierto, nunca se cumplieron. Y fue cuando conocí a Max que el mundo se empeñó en enmarcar cláramente mi debilidad frente a la fantasía.
Poco a poco decidí alejar los nubarrones que me escondían de la realidad y noté que no era una mujer bonita, y que jamás llegaría a tocar tan bien el violín como para arrancar algún suspiro. Tal vez nunca llegaría a viajar y tampoco volvería a ver a Max. Seguramente moriría antes de llegar a sentirme completa. Mis días tan grises se volvieron comunes y la gente caminaba en las calles ajena e impalpable como siempre lo había sido. Mis logros ya no significaban nada. Las metas se habían esfumado.¿Qué efecto producía este hombre en mí que lograba borrar el bálsamo que fabricaba mi mente para sobrevivir?, Él había corrido el velo de mis ojos sin siquiera quererlo (o eso es lo que yo creía). Ahora estaba yo sola con mi realidad y con la idea de que la muerte y la soledad son cosas inherentes a todo ser humano en algun momento de su vida. Y los humanos como yo nos ungimos de los sueños para sobrevivir a este tipo de catástrofes mentales. ¿Qué haría yo ahora?.
En fin, el día que conocí a Max caminamos durante horas por las calles del centro.
Primero recorrimos Alameda y llegamos a Plaza Italia. Luego nos devolvimos por las calles traseras, esas de casas grandes y viejas que a principio de siglo habian sido mansiones de gente adinerada y que hoy en día eran nidos de ratas con varias familias dentro.
Él parecía no tener miedo a nada. Ni a la oscuridad ni a los ladrones.
Nunca antes me había atrevido a pasar por esos lugares de noche, y me encantó hacerlo. Disfruté mucho las sombras que formaban los faroles sobre las callecitas pequeñas y estrechas, todo parecía una fantasía de cuentos.
Él apenas contestaba cuando le formulaba alguna pregunta para romper el "incómodo silencio"; pero me encantó darme cuenta, despúes de un rato, que disfrutaba de aquello.
Normalmente es una regla social autoimpuesta el entablar conversaciones con los demás, pero esa incomodidad se disipaba con Max.
Nosotros no necesitabamos palabras.
Creo que yo pertenecía al segundo grupo.
Mi imaginación fantaseaba con miles de quimeras que tal vez marcaban mi niñéz pero, es cierto, nunca se cumplieron. Y fue cuando conocí a Max que el mundo se empeñó en enmarcar cláramente mi debilidad frente a la fantasía.
Poco a poco decidí alejar los nubarrones que me escondían de la realidad y noté que no era una mujer bonita, y que jamás llegaría a tocar tan bien el violín como para arrancar algún suspiro. Tal vez nunca llegaría a viajar y tampoco volvería a ver a Max. Seguramente moriría antes de llegar a sentirme completa. Mis días tan grises se volvieron comunes y la gente caminaba en las calles ajena e impalpable como siempre lo había sido. Mis logros ya no significaban nada. Las metas se habían esfumado.¿Qué efecto producía este hombre en mí que lograba borrar el bálsamo que fabricaba mi mente para sobrevivir?, Él había corrido el velo de mis ojos sin siquiera quererlo (o eso es lo que yo creía). Ahora estaba yo sola con mi realidad y con la idea de que la muerte y la soledad son cosas inherentes a todo ser humano en algun momento de su vida. Y los humanos como yo nos ungimos de los sueños para sobrevivir a este tipo de catástrofes mentales. ¿Qué haría yo ahora?.
En fin, el día que conocí a Max caminamos durante horas por las calles del centro.
Primero recorrimos Alameda y llegamos a Plaza Italia. Luego nos devolvimos por las calles traseras, esas de casas grandes y viejas que a principio de siglo habian sido mansiones de gente adinerada y que hoy en día eran nidos de ratas con varias familias dentro.
Él parecía no tener miedo a nada. Ni a la oscuridad ni a los ladrones.
Nunca antes me había atrevido a pasar por esos lugares de noche, y me encantó hacerlo. Disfruté mucho las sombras que formaban los faroles sobre las callecitas pequeñas y estrechas, todo parecía una fantasía de cuentos.
Él apenas contestaba cuando le formulaba alguna pregunta para romper el "incómodo silencio"; pero me encantó darme cuenta, despúes de un rato, que disfrutaba de aquello.
Normalmente es una regla social autoimpuesta el entablar conversaciones con los demás, pero esa incomodidad se disipaba con Max.
Nosotros no necesitabamos palabras.